Cuando esa sublime paz encantadora se esfuma por palabras de
terceros suele ser tan doloroso como una auténtica e infalible pérdida.
Increíble. ¿Qué puede ser tan brusco como para devorar la estabilidad de un
ser? Palabras. Cortantes y punzantes palabras, que si más se adueñan de toda la
serenidad del pensamiento. Perturbadoras. Cuando de verdad se despoja el amor
estándar hacia uno mismo por especulaciones sin jerarquía uno siente que abate
al vacío. La verdad es que sí concierne. Mucho.
Cáustico.
Son esas palabras que a un simple concurrente le parecerían
una estupidez, pero que a uno, en lo más profundo y circunspecto de su ser,
suele llevarse el estima hacia uno mismo, estima que costó trabajo y esfuerzo
que confrontar. Destructivo. Uno se siente un animal sin importancia, un
despojo, un imbécil, un Don Nadie, perdido en la lobreguez. No hay ni luces ni réplicas
a los gritos del más allá. Ficciones.
Es que uno siente que está en lo más recóndito del pozo,
empujado paulatinamente por los seres que alguna vez dijeron tenerte cariño, transbordándote
así, a la nada.
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