domingo, 4 de enero de 2015

LA ÚLTIMA JUGADA


Cuando esa sublime paz encantadora se esfuma por palabras de terceros suele ser tan doloroso como una auténtica e infalible pérdida. Increíble. ¿Qué puede ser tan brusco como para devorar la estabilidad de un ser? Palabras. Cortantes y punzantes palabras, que si más se adueñan de toda la serenidad del pensamiento. Perturbadoras. Cuando de verdad se despoja el amor estándar hacia uno mismo por especulaciones sin jerarquía uno siente que abate al vacío. La verdad es que sí concierne. Mucho.
Cáustico.
Son esas palabras que a un simple concurrente le parecerían una estupidez, pero que a uno, en lo más profundo y circunspecto de su ser, suele llevarse el estima hacia uno mismo, estima que costó trabajo y esfuerzo que confrontar. Destructivo. Uno se siente un animal sin importancia, un despojo, un imbécil, un Don Nadie, perdido en la lobreguez. No hay ni luces ni réplicas a los gritos del más allá.  Ficciones.

Es que uno siente que está en lo más recóndito del pozo, empujado paulatinamente por los seres que alguna vez dijeron tenerte cariño, transbordándote así, a la nada

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