Me he dado cuenta de que la lluvia fuerte y noctámbula suele
inadvertir mi nombre. Ella suele poseerme en la mañana, cuando soy plenamente
de ella. Pero extrañamente en la noche ella se substrae de mí, siendo ella,
agua de otro aleatorio mar.
Ella suele descender muda en las tinieblas, golpeando con
finura el universo.
En pleno alba, vislumbra su espectacular ruina, se alza
invicta hacia el cielo, cerrando un nuevo lapso que despierta al mundo. La
lluvia era recóndita. Ella emergía de la noche fosca, cuando los infaustos no
la observaban, cuando el tiempo taciturno no la apresuraba. Inmersa en el
mundo, no atendía los gritos de la subsistencia que la acopia. Quizás la
lluvia, en el fondo de su aguacero, guardaba un secreto. Secreto que la hacía
romper en sollozos frenéticos sobre los sujetos que la demuelen. La lluvia era
retorcida. Tanto así que fustigaba con brusquedad a la madre que la había concebido algún día en su
ignorancia, inundándola así, de un goce destructivo. La lluvia psicótica y aturdida no hacía más
que liberarse, soltando sus penas al vacío hueco que topaba. La vida misma la
arraigaba de poder, siendo ésta su fuente de encanto.
La lluvia prometía un concierto de voces al cosmos
pertinente, lejos de la galaxia persuasiva.
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