Ella era hipnotizante. Desnuda en su propia amenaza, se
sumía en la felicidad de otro. Al semblante del sol que la ciñe, se advierte de
que no toda exuberancia es buena. Una vez más se siente pésima, a pesar de las tangibles
observaciones de terceros, ella no suele creer en sí misma, a pesar de que la
naturaleza misma se rinde ante a ella, en la noche sucumbe sin más.
La tristeza bruna.
Quizás ella no creía ser lo suficiente. En lo más profundo
de su ser quizás sentía un poco de vanidad por sí misma, pero ese sentimiento
se extinguía como una flama. Nadie podía entender por qué ella lloraba y dañaba
su hermosura, presa en su propio círculo. Ella parecía tan auténtica.
Días después se le veía apagada y umbrosa. Se le veía
desgarrada en su nerviosidad, pálida y afligida, nada lograba romper su
silencio inmortal y su rencor. Su alma ya estaba hundida en la esclavitud,
prisionera de la soledad, que con el tiempo le había enseñado diversas cosas.
Su libre albedrío se había esfumado en las tinieblas. Próxima está su deshonra,
y sus días están contados. Los intentos de elaborar la realidad se hacían cada
vez más escasos, el soplo divino era solo un suspiro ciego. Mordía en la
adversidad su violencia y su cólera, gritando la farsa más grande.
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