domingo, 11 de enero de 2015

La depresión de una rosa

Ella era hipnotizante. Desnuda en su propia amenaza, se sumía en la felicidad de otro. Al semblante del sol que la ciñe, se advierte de que no toda exuberancia es buena. Una vez más se siente pésima, a pesar de las tangibles observaciones de terceros, ella no suele creer en sí misma, a pesar de que la naturaleza misma se rinde ante a ella, en la noche sucumbe sin más.
La tristeza bruna.
Quizás ella no creía ser lo suficiente. En lo más profundo de su ser quizás sentía un poco de vanidad por sí misma, pero ese sentimiento se extinguía como una flama. Nadie podía entender por qué ella lloraba y dañaba su hermosura, presa en su propio círculo. Ella parecía tan auténtica.

Días después se le veía apagada y umbrosa. Se le veía desgarrada en su nerviosidad, pálida y afligida, nada lograba romper su silencio inmortal y su rencor. Su alma ya estaba hundida en la esclavitud, prisionera de la soledad, que con el tiempo le había enseñado diversas cosas. Su libre albedrío se había esfumado en las tinieblas. Próxima está su deshonra, y sus días están contados. Los intentos de elaborar la realidad se hacían cada vez más escasos, el soplo divino era solo un suspiro ciego. Mordía en la adversidad su violencia y su cólera, gritando la farsa más grande. 

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