Confundía
su rostro con el azul del cielo, pues parecía perderse en él frecuentemente. Su
rostro era tan celestial y mágico que yo me sentía flotando en el universo. Su mirada era la finura y la llovizna,
que inundaba de charcos mi cabeza. Me veía fijamente, embelesada por alguna
razón que desconozco. Quería escalar en sus ojos, hasta caerme de nuevo en su
nariz, para después dibujar sus labios en las nubes. Era tierna y tenebrosa,
parecía haber sido creada a través de
una discusión entre el maligno y el sabio. Era perfecta.
Era azul, como el mar en el que hundí una vez más.

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