La vida sabe el punto débil de nuestra existencia, nos inmortaliza
la manera de ir ecuánime por ella misma. La vida sabe en donde golpearnos, la bofetada
necesaria para tornar en sí, justo cuando no nos intimamos a germinar y a
enriquecer el futuro prominente que nos ampara con expectativas. Es el golpe de
quimera que te precipita en el sentido paradójico, el golpe que te devuelve las
ganas disipadas de continuar el sendero prometido. La vida es esa que te
recuerda lo ineludible, y que te lleva a ser un alma fluorescente entre las
vidas ajenas, que aún con un buen golpe, se han perdido en la vía. La vida es
esa reina karma que a veces es la más amable, llevándonos puntualmente a lo codiciado.
O a veces es la más maligna de las doncellas,
llevándonos a lo opuesto. La vida habla demasiado rápido. A veces no podemos
entenderla. A veces la concibo tan torpe que quisiera tan solo acelerarla un poco
más. La vida es esa que desgarra el mutismo
de vez en cuando, siendo éste el alarido de guerra más brutal que alguna vez logramos
oír. Ahora mismo la vida nos conserva ocupados, especulando y gesticulando lo preciso
para no ser un idiota, la vida misma se encomienda para lo más cargante. La
vida sigue siendo como la nevada, que se regocija y se va. La nevada a veces
fastidia, y a algunos les aburre, y ¿Qué se va a hacer? La vida y sus senderos
suelen ser circunspectos y delictivos,
como el arma que avivadamente puede concluir
con ella.
No hay comentarios:
Publicar un comentario