El escuálido recelo, ávido de burla, no hay compasión: No la necesito, pero tú me la das.
No emprenderás un revuelo, no serás nunca nadie ni dirás lo que verdaderamente quieres decir.
Nadie te escucha.
Solo la maldad emerge, y tus palabras se ahogan: Nadie las quiere, pero tú intentas llevarlas a flote.
No diré que no tienes hambre de vida, pero no hay misericordia: Nadie la tiene.
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