Has robado el furtivo deseo inconfesable, la razón que creí inmutable. He visto como tus ojos se pierden, como tu razón avanza, como tus sollozos se coagulan. He divisado desde las alturas tu pesar, la pura extensión de tu amargura.
Pero no he cedido ante el dictamen del recelo, he sido devoto al terror que nos abruma.
Las irracionales voces que ya no atiendo, que han dejado de pertenecerme, se han perdido en mis huesos. No deseo, no deseo sino el infortunio presagio de la autonomía.
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