Desde un principio, o quizás mucho antes, supe que aventurabas. Que vives, que ríes, que no tienes tiempo.
Sin embargo, decidí ponerme tú soga al cuello. Beber de ti, sabiendo perfectamente que no eras más que un simple y rancio veneno. ¿Qué más daba? ¿Qué más daba sufrir un poco más? Seguramente, lo recordaría.
No pude elegir más que aferrarme a esa actitud estúpida de indiferencia falsa, no pude hacer más que fingir que daba lo mismo si te ibas, si te quedabas, si sobrevivías.
Y aquí estoy ahora, muerta de miedo, muerta de ti y de tú risa, aquí estoy, atada de nuevo. Y volví a dejarlo todo, volví a dejar la nada, probablemente para morir más lento. O más rápido, ya ni sé.
Y sostendré, hasta que realmente vuelva a respirar, el falso hecho de que no me importa.
Total, no hay más nada que finiquitar en estos días.
No hay comentarios:
Publicar un comentario