domingo, 11 de octubre de 2015

Mi yugular (Versión corta)

(Cuento corto inspirado en la temática de Poe y Lovecraft)

Mil veces he tratado de hacer que este relato no se acerque a lo grotesco, que no se cruce por el pensamiento de nadie que puede esconder algo nefasto en su interior.


Sin embargo, he desistido.

Y he decidido renunciar a la absurda idea de no caer en lo infausto porque así es esta historia: Netamente infausta.

Estaba yo interrogando el tiempo tranquilamente, oliendo la noche, bailando en la nada. Con toda confianza, en la soledad. En un silencio inexplicablemente fastidioso.

Entraba yo de repente en en estado adverso de intranquilidad, un sofoco. Y sentí hundirme, ahogarme en  largos intervalos de desesperación. Una melodía que no podía describir de otra forma más que horrible, inundó, sin más, mi calma. Y escuché nitidamente los pasos de mi sosiego, mientras se marchaba de mi cuerpo, y volaba lejos.
 Y entonces la vi...
Era mi propia yo, pero vestida de negro, riendo con malicia en el tope de la ventana. La yo que no podía ser yo estaba rodeada por un aura carmesí, y me miraba con desprecio, reía de mí a carcajadas sordas. Pero también lloraba y caía, se bañaba en el fuego y huía por milisegundos para después volver de lo que parecía el mismo infierno. Mi yo más oscura pretendía quedarse, mientras yo la observaba en la oscuridad, desde mi desesperación.
Ella había absorbido tribalmente mi calma.
-¡Oh, no, no pienso largarme! -Me dijo, con descaro- He llegado para hacer tu vida más miserable. ¿Acaso no lo notas? Soy tú por la noches, cuando nadie más que el mal te observa, ¿Cuál es tu asombro?

Inmóvil.


Cuando me disponía a responderle algo al ente maligno que claramente no podía ser yo, palabras que no estaban estructuradas parecieron derretirse en mi lengua. Sentí algo quebrarse.

Algo surgir de mis neuronas, sangre correr por mis ojos, ira soplando en mi aliento.  
Enloquecí de rabia, ahorqué la cordura y la enterré en el sótano, sigilosamente, pero ahora su putrefacción me había hecho explotar doblemente en el desconcierto, en la intranqulidad, en la más terrible insurgencia del dolor. Y reía ella, flotando en la ventana. Era yo. Pero yo no era. No podía ser.
Rápidamente en torpes pasos me acerqué a la ventana, con un cuchillo que había sacado sigilosamente de mi alma. Caminé con cautela, pero a paso rápido y minucioso. Entonces trepé hasta lo más alto de la ventana. Ella aún me veía con sus ojos de payaso.
Dispuesta a degollar sin remordimiento alguno lo que parecía la versión diabólica de mi misma, me aproximé a perforar su yugular. 
Pero desapareció. Desapareció en la noche. 
Mi mano quedó colgada en la nada, perforando la yugular de la oscuridad.
Entonces caí, al otro lado de la ventana. 

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