Bendito el momento, mujer, en el que tus dotadas huellas dactilares besan con paciencia toda mi alma.
Bendito tú brillo, que me ciega cuando precisamente no quiero ver.
Bendita sea la hora, querida, en la que dejas grabada en mí toda tú esencia.
Bendito sea siempre tú inmortal recuerdo, que aún logra erizarme instintivamente la piel.
Bendito sean sus labios, señora, y el instante en el que enmudecen para vociferar secretos dentro de mí con sus besos.
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