La historia se termina sola, la rosas se vuelven rojas con
el pasar del tiempo hasta ser negras como la noche. Es extraño como todo en la
naturaleza es tan repetitivo y tan hermoso. Lo salvaje nunca se esfuma pero los
recuerdos tiernos salen de nuevo a la luz del viento con un atardecer. ¿Qué más
necesitamos?
De esta llama de fuego que se avecina a una oscuridad
mórbida, se aprecian las estrellas en una noche negra-azul. Los colores se los
llevó el sol a las doce, para traerlos junto con el canto de algún animal a las
seis en punto, no tenemos más horas. Un lobo gris se aprecia en lo más alto de
la montaña, y poco a poco nos relata en su idioma idilios de su otra vida.
Acá no existen más lágrimas que las de las nubes, las que se
las lleva el viento. Acá no existe más guerra que la del sol con la lluvia en
temporada. De aquí se esfuma la tristeza
del alma con el dulce canto de los animales y el fuerte viento de la noche
tranquila. No hay que esconderse por que somos tan libres como el agua, somos
hermanos de la tierra y primos del azul del cielo.
Cada mañana la mitad del sol nos llena de éxtasis el alma,
liberándonos de todo lo mortal y convirtiéndonos en seres de luz que revolotean
por todo el campo. Nuestras guitarras
son las lianas y nuestro piano nuestras voces. Cada noche elevamos cantos
exquisitos al cielo, cada mañana nuestros hombros cargan la música natural
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