viernes, 19 de septiembre de 2014

Relatos de un salvaje feliz

La historia se termina sola, la rosas se vuelven rojas con el pasar del tiempo hasta ser negras como la noche. Es extraño como todo en la naturaleza es tan repetitivo y tan hermoso. Lo salvaje nunca se esfuma pero los recuerdos tiernos salen de nuevo a la luz del viento con un atardecer. ¿Qué más necesitamos?
De esta llama de fuego que se avecina a una oscuridad mórbida, se aprecian las estrellas en una noche negra-azul. Los colores se los llevó el sol a las doce, para traerlos junto con el canto de algún animal a las seis en punto, no tenemos más horas. Un lobo gris se aprecia en lo más alto de la montaña, y poco a poco nos relata en su idioma idilios de su otra vida.
Acá no existen más lágrimas que las de las nubes, las que se las lleva el viento. Acá no existe más guerra que la del sol con la lluvia en temporada.  De aquí se esfuma la tristeza del alma con el dulce canto de los animales y el fuerte viento de la noche tranquila. No hay que esconderse por que somos tan libres como el agua, somos hermanos de la tierra y primos del azul del cielo.

Cada mañana la mitad del sol nos llena de éxtasis el alma, liberándonos de todo lo mortal y convirtiéndonos en seres de luz que revolotean por todo el campo.  Nuestras guitarras son las lianas y nuestro piano nuestras voces. Cada noche elevamos cantos exquisitos al cielo, cada mañana nuestros hombros cargan la música natural

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