Sumamente paradójico, suele llevarme casi eternamente
al pasado remoto. Me mira a los ojos, me examina. Es su viaje, indescriptible. En las tinieblas, suelo indagar en
sus destellos cósmicos, que casi siempre intiman sobre algo que trato de abandonar.
Los fulgores pasivos, la guillotina del sueño. Él es el fiel sincero, el que
solo cuenta desmanes, el espectador omnisciente de las horas. La primera figura real y cambiante, la luz y
la oscuridad. Él despierta la culpa y la veracidad, la imaginación y la
violencia tosca. El muestra en mí, cierta soledad, el aura que me cuestiona
bruscamente. La vida impresa en mis ojos, y la verdad ilustrada en mis
venas. A veces me muestra esos espectros
reincidentes que asaltan mi armonía. El es
el que me muerde la conciencia, me reprime al pasado y me inyecta los más
inhóspitos de sus desvelos.
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